Equipo Telomereces

Carlos Franz. ‘Barro’

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Barro
Una docena de niños semidesnudos, revolcándose en un hoyo, cubiertos de barro de la cabeza a los pies. Los encuentro de repente, al traspasar la última loma de una pradera paradisíaca dominada por un gran volcán. Están justo donde comienza un bosque tupido, al fondo del cual se oye un río torrentoso.

Sorprendidos, estos pequeños salvajes se quedan un momento estáticos, mirándome: los ojos muy abiertos es lo único que brilla en sus cuerpos embarrados. Luego se desbandan corriendo y aullando, para esconderse en lo profundo de ese bosque.
Con temor, me decido a seguirlos. Entre los árboles descubro un tolderío, varios fogones, un centenar de niños y niñas –no mucho más limpios que los embarrados–, comiendo sólo con las manos de unas ollas comunes. A ratos gritan, en un idioma incomprensible para mí, algo que parecen cánticos propios de cazadores de cabezas. Temo por la mía. No me alcanza el valor para mirar qué será lo que cocinan en esas ollas renegridas.
No se crea que esas escenas paleolíticas tuvieron lugar en alguna zona virgen de las selvas amazónicas. No, lo anterior ocurrió en una comarca agreste, pero supuestamente civilizada, del sur de Chile. Y los protagonistas resultaron ser scouts, niños exploradores.
Qué hacía yo entrometiéndome en un campamento de scouts, es algo que no revelaré aquí. Baste con decir que me hizo reconsiderar mis nociones acerca de lo humano y lo animal. Como también me hizo lamentar no haberme unido a los scouts cuando era chico. Qué no diera ahora por haberme alejado durante todo un mes de las autoridades familiares, de sus “córtate las uñas” y “usa el tenedor”, para convivir sólo con niños, entregado a la limpia suciedad de la naturaleza.
Movido por esa “nostalgia del barro”, supongo, durante tres días merodeé el campamento. Medio escondido tras los árboles los vi bañarse en el río cristalino y helado. Sus ropas arrojadas de cualquier modo entre las piedras de la orilla parecían despojos de una batalla. En la noche los seguí hasta una profunda hondonada. Formados en círculo, la tribu de muchachos cantaba esos grito
s de guerra en los que se entremezcla el español, el mapudungun y el ladrido de felicidad. Llegué a aprenderme uno, sin entenderlo: “¡Ama rumayna chumere unquén! ¡Aaauuu!” Bajo la pura luz de las estrellas el aullido feroz, que emergía de esa hondonada, semejaba una celebración pagana en honor de esa montaña blanca recortada contra el firmamento, el volcán Llaima. Una celebración de la naturaleza tanto humana como animal a la que pertenecemos.
En la famosa novela de William Golding, El señor de las moscas, un grupo de impúberes británicos es abandonado en una isla desierta del Pacífico sur. En corto tiempo, estos niños olvidan su educación y “retornan” a un estado primitivo: la moral aprendida es reemplazada por supersticiones (ese “señor de las moscas” al que empiezan a adorar), y se impone la violencia de los más fuertes. Olvidadas las referencias de su civilización y carentes de una cultura propiamente tribal, los niños se vuelven peligrosos para ellos mismos y para la tierra (queman buena parte de su isla). Lo que hace tan poderosa y duradera a la metáfora de Golding, creo yo, no es el conflicto entre civilización y barbarie que algunos simplistas creyeron ver en ella. Su logro consiste en mostrarnos que nuestra humanidad no es natural sino que es cultural. Y como tal, muy frágil. Nuestra humanidad es sólo una delgada costra de cultura (avanzada o primitiva, no importa) bajo la cual bulle un magma de instintos animales.
Como la lava dentro del volcán que presidía los ritos de los niños exploradores, esos instintos duermen pero no se han extinguido. Por el contrario, erupcionan a menudo. El nacionalismo rupestre de algunos ante la sentencia de una corte internacional es directo descendiente del instinto animal demarcador de territorios. Los insultos que resquebrajan el maquillaje de ciertas señoras, tras un pequeño accidente de tráfico, provienen asimismo de la cueva y no del colegio donde dicen que estudiaron.
Los niños, que aún ignoran –parcialmente– las hipocresías de la civilización, muestran más francamente que los adultos esa proximidad al animal. Golding, quien fue profesor de escuela muchos años, desahoga en su obra un justificado temor ante las violencias que muestran los muchachos más inocentes, cuando los privamos de controles.

De allí deduce que el ser humano sin educación, lejos de constituir ese buen salvaje que quería Rousseau, es un perfecto animal. Una bestia dominada por el egoísmo de la supervivencia a cualquier costo. Pero también somos animales en los que aparece, ocasionalmente, una generosa entrega al que sufre o es más débil. A la cultura le cabe elegir cual de esas tendencias  desarrollar.
Quizás esos niños exploradores no lo saben, pero lo que están explorando, más que la naturaleza geográfica, es la naturaleza humana. Embarrarse y aullar deliberadamente es un experimento civilizador. Conocer y liberar –controladamente– al animal que llevamos dentro nos humaniza. Y además, ¡qué entretenido es! ¡Qué ganas de revolcarse en el barro como ellos! Y aullar de noche y correr en manada.

Carlos Franz – Chile
de Crónica de “Espejo de tinta” 2014

Imagen cortesía : http://www.telemundo.com/entretenimiento/2016/04/21/una-madre-fotografio-como-sus-hijos-se-divierten-sin-tecnologia-y-nos?image=8044649

 

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Autor: Equipo Telomereces

Escribo en este blog simpleMente porque me gusta escribir.

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