Equipo Telomereces

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‘Pido silencio’. Carlos Franz, desde Chile.

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‘Pido silencio’  para  elevar la mirada por encima de lo aparente y del bullicio. La  reflexión y el silencio posibilita mirar, escuchar, disfrutar y contribuir en nuestra realidad. 

Pido silencio
La primavera abre nuestras ventanas. Y por ellas entran a las casas las brisas, los trinos y los ruidos. Durante el otoño y el invierno, cerradas las ventanas, el rumor de la ciudad se amortigua. Pero cuando por fin el clima nos permite abrir y salir a los balcones el ruido nos asalta. Hasta que –animales adaptables, que somos- dejamos de oír el bullicio y lo arrinconamos a la periferia de nuestras conciencias.
Sin embargo, el ruido sigue allí. Y vuelve a agredirnos cuando lo encontramos en sitios donde debiera estar ausente. Por ejemplo, en los jardines y en los parques. Islotes de naturaleza asediados por la ciudad, en ellos debería reinar no sólo el verde de árboles y plantas, que calma nuestros ojos, sino el blanco del silencio que apacigua nuestros oídos. En los parques el sigilo es esencial. Acoge y contiene los sonidos sutiles: el rumor de las hojas, el trinar de los pájaros, el fluir de una fuente. En los jardines es donde se oyen mejor estos versos de Neruda: “porque pido silencio/ no crean que voy a morirme:/ me pasa todo lo contrario:/ sucede que voy a vivirme.”
El silencio nos permite “vivirnos”. En una época ruidosa, de comunicaciones desenfrenadas, como esta, arriesgamos olvidar que el silencio es el sonido del alma. Riesgo cada vez más serio porque hasta los jardines y parques han perdido su sigilo. Al asedio del tráfico y la música omnipresente, se ha sumado un nuevo enemigo. Un enemigo inesperado: los propios jardineros. Esos trabajadores antiguamente pacíficos se han vuelto un gremio ruidoso e intimidante. No es culpa de ellos sino de sus armas. Sus otrora calladas herramientas: las cortadoras de pasto, las tijeras podadoras, las fumigadoras, los serviciales rastrillos, han sido reemplazados Jardineros
por armamento pesado. Artefactos motorizados que petardean y humean precisamente allí donde los petardeos y el humo deberían estar proscritos. El jardinero ya no es aquel meditabundo personaje en íntima comunión con la naturaleza a la cual cuidaba. Ahora parece un soldado extragaláctico, un “terminator” armado de segadoras motorizadas, sierras eléctricas, aspiradoras de hojas. Cargando en sus espaldas un depósito de veneno y montado en un tractorcito que ruge como un tren, el “funcionario de aseo y ornato” (hasta su cargo mete bulla) recuerda más a un ángel del Apocalipsis que al dios del edén, que fue el primer jardinero.
Las personas prácticas me explicarán que este es el precio (un precio más) del progreso. Lo mismo ocurrió en el campo, donde la mecanización liberó al hombre de regar la tierra con el sudor de su frente. Una de las más hermosas escenas en la novela Anna Karénina, de León Tolstoi, muestra a los segadores trabajando en hilera, codo a codo, cortando el trigo con sus hoces. Tolstoi describe cómo los hombres cantan, mientras siegan, para mantener el ritmo. Se necesitaban veinte o treinta segadores expertos, guadañando durante varios días, para cosechar una pradera mediana. Luego vinieron las gigantescas trilladoras con las cuales un solo hombre lo hace todo en un par de horas. Y los campesinos se liberaron de esa servidumbre. Pero también se quedaron sin trabajo, los campos se fueron vaciando y en lugar del cántico de los labradores se impuso el bramar de los motores.
Precios del progreso, sin duda. No vamos a añorar pasados bucólicos que condenaban a partirse el espinazo
a tanta gente. Pero, ¿sería mucho pedir que los jardineros urbanos, herederos de aquellos campesinos liberados, metieran un poco menos de bulla?Sí, es mucho pedir. Porque la culpa, para decirlo con una expresión de moda, es del “sistema”. Culpa de este modelo de economía de mercado que es el peor de los sistemas, con excepción de todos los demás, como dijo Churchill de la democracia. Es más fácil restar horas-hombre de trabajo –y por tanto salarios- armando a un solo jardinero con estas máquinas asesinas del silencio, que calcular la contaminación acústica generada por ese trabajador, darle un precio y legislar para agregarlo a los costos totales. Pero aunque sea mucho pedir, no es imposible lograrlo. Esta “culpa del “sistema” la podemos corregir sin destruirlo, con más y mejor democracia. Por ejemplo, mediante una ciudadanía que presione, en las urnas, para que el modelo contabilice no sólo los costos materiales sino también los intangibles, como el precio del silencio. Contabilizado éste seguramente resultaría –igual que en otros casos- que es más barato desarrollar máquinas silenciosas o usar las antiguas empleando más gente. Ponerle precio a los valores siempre es difícil y suena feo. Pero es preferible a fingir que no tienen ninguno y permitir que se apoderen de ellos los ruidosos.
Mis lectores prácticos (si los hay) objetarán ahora la desmesura de proponer esa reflexión política a propósito de unos simples jardineros ruidosos. Pero en los grandes dilemas la política suele verse borrosa; mientras es en problemas pequeños, como este, donde nos toca su importancia. En esta primavera, mientras en Chile esperamos la segunda vuelta de una elección presidencial, yo le sugeriría a los indecisos pasear por un parque o un jardín y, si el ruido los deja, pensarlo.

Carlos Franz
de Crónica de “Espejo de tinta”. 30 Nov 2013

Recibido a través de un amigo del autor, a quien agradezco que siempre me haga partícipe de bellos y lúcidos textos del otro lado del Atlántico.
El escritor chileno Carlos Franz,  hasta 2012 ha vivido más de una década en Madrid, con su hija Serena y su mujer Jeanette.

Fotos de: entrevista en 2012 y de Cervantesvitual

 

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Autor: Equipo Telomereces

Escribo en este blog simpleMente porque me gusta escribir.

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